Hemos escuchado las historias de los hombres lobo, o de las transformaciones de personas para fines mágicos. Sin embargo siempre han sido cuentos de hadas, ficciones, ¿no? El cuento de La Niña va por esa vía.

Esta historia, parte de mis cuentos reales, se centra en el testimonio de una persona real, pero que hasta hoy en día no se ha podido explicar si lo que vio fue cierto, o solo parte de su locura.

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***

1925

Se levantaba el Sol. En la cocina de una casa hervía un agua, que pronto sería vertida en una tela cosida en forma de embudo, con café molido dentro. El olor inundaba la casa, avisaba a todos dentro que las arepas ya estaban listas, la hora de partir a trabajar se acercaba.

Hugo se levantaba, como todos los días, sin muchas ganas de ir al trabajo. Desde hacía  unos años iba a la finca del patrono de su padre para trabajar como peón. En ocasiones labraba la tierra, otras ayudaba en la construcción. Lo cierto es que aquello no le gustaba. Trabajar no era lo suyo, prefería pasarse todo el día en el campo haciendo las cosas que los vagos hacen: nada.

Sin embargo, un pensamiento lo animaba a levantarse finalmente: había puesto el ojo en Ana, la hija del patrón. Lo abominable era que la niña tenía solo 7 años de edad, 10 menos que él. Sus ojos lascivos la acechaban cada vez que ella llegaba de la Escuela de Buenos Modales, muy cerca de la hora de salida de su trabajo.

Hugo la observaba todas las tardes, se escondía cerca del lugar donde el autobús la dejaba, a la entrada de la calle de tierra, a cien metros de la casa. Allí, mientras esperaba su llegada detrás de un matorral, consentía pensamientos obscenos, fantaseaba con las cosas que iba a hacerle a la niña, lejos de miradas ajenas, sometida a él. Se deleitaba soñando con la obvia pureza de ella, por su edad. Él sería el “primero en su vida”, y por eso nunca lo olvidaría. El Sol, que a esa hora se iba a dormir, veía con desagrado las intenciones del chico escondido, sin poder hacer algo al respecto.

Pasaron los días. Era Diciembre, época donde por aquellos parajes montañosos andinos oscurecía más temprano, y hacía más frío. Hugo se decidió a cumplir sus fantasías, hacerlas realidad. Una especie de fuerza interna le hablaba al oído: 

«¡Hazlo! Nadie tiene que saberlo. Luego te deshaces de ella y listo. No pasa nada.»

Decidió que al día siguiente llevaría a cabo su plan: esperaría detrás de los matorrales, aguardaría a que la niña bajara del bus y caminara hacia la entrada de la finca, y allí saldría de las sombras sigilosamente, con un trapo de tela en la mano y una cuerda a la cintura, para hacerla callar y amarrarla.

Pensar el plan le hacía palpitar fuertemente el corazón.

El día llegó. Luego de terminar la faena se duchó rápidamente en el baño de los peones, se vistió como de costumbre, pero con una velocidad mayor a la de siempre, tratando de ocultar su excitación. Procuró igualmente vestirse de ropa oscura, para disimular su silueta en la oscuridad. 

A eso de las 6 de la tarde el Sol ya se había ocultado, preocupado. El autobús escolar se retrasó un poco, un par de minutos, que para Hugo fueron eternos. Finalmente llegó, se abrió la puerta, y bajó Ana, tan hermosa y radiante como siempre, el orgullo de su padre, la futura heredera, la inocencia hecha ser humano.

Ana caminó unos pasos, mientras el autobús aceleraba y se perdía en la distancia. Hugo tomó sus cosas, preparándose para abordarla en el sitio y momento indicado. En su mente ya saboreaba el olor de los cabellos de la niña.

Sin embargo, algo extraño y diferente pasó. Nunca, en las decenas de veces que había estado en ese matorral, había visto semejante cosa. La niña, Ana, no era Ana. Se transformó, allí frente a sus ojos, en un pequeño perro blanco, y caminó en dirección a la casa, tal como Ana habitualmente hacía.

Hugo, paralizado, siguió con la mirada al perrito, y vio como entraba a la casa. Inmediatamente, al perderse de vista dentro del recinto, escuchó a la madre recibirla con bendiciones y besos, como era costumbre.

Al día siguiente amaneció más temprano, por alguna razón extraña el Sol salió antes, nadie supo por qué. Hugo no podía salir de su cama, sus padres lo animaban, llegaron al regaño y la amenaza, para que fuera a trabajar. Él solo se abrazaba las rodillas contra el pecho, encima de la cama, con la mirada perdida, llorando, con un trapo en la mano.

Pasaron los días, desesperado por la visión y el remordimiento, decidió contarle todo al patrón. Sin importar las consecuencias, iría a contar todo: lo que había planeado, y lo que finalmente había sucedido.

El patrón lo escuchó atentamente, la madre de Ana también. Con gran asombro y rabia oyeron la historia narrada por el joven, lo que quería hacer con su pequeña hija. No podían encontrar las razones de Hugo para pensar o realizar semejante atrocidad, tampoco podían entender los sucesos contados, donde la niña se transformaba ante sus ojos. Se dieron cuenta de que el joven había perdido la cabeza, se había vuelto loco de repente. Notaron el sufrimiento del muchacho que pedía perdón. Decidieron que eso era suficiente castigo para él.

La reprimenda que sufrió Hugo fue muy grande, se la  llevó hasta el día de su muerte. El arrepentimiento, la vergüenza, y la pena de haber deseado algo atroz que lo llevó a ser testigo de algo inexplicable, un suceso que pocos entienden, o tal vez nadie.

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