El cuento de La Bisabuela se encuentra dentro del mismo «universo» de los cuentos reales, de a poco te darás cuenta que todas las historias están unidas, cosa extraña, pero real.

Esta historia sucede en una época turbulenta de Venezuela, donde las personas protestaban, y al mismo tiempo morian en las protestas, o fuera de ellas.

Pero ¿qué de cierto habrá en que los muertos regresan a donde han estado antes?

Una historia singular, rara, pero real. Disfruta.

Jean.

***

2013

Hay sucesos, momentos donde cosas pasan, que nadie los entiende ni los puede explicar, muchos los hemos escuchado alguna vez. Y así, como a tantos,  le pasó a Alexandra, cuando tenía 7 años de edad.

—Papá, vi a la abuelita Hilda—dijo Alexandra a su padre—.

—¿Hoy? ¿Dónde? — respondió el hombre, consternado.

—Sí, la vi cuando estábamos en la funeraria, caminó cerca de nosotros, hacia donde la habíamos velando—insistió la niña—.

Corrían tiempos muy difíciles, la situación del país donde vivían se había hecho insostenible. Muchas personas protestaban en las calles, otras tenían miedo de hablar sobre lo que pensaban de la situación nacional, incluso escribirlo en un mensaje por celular era considerado peligroso. Se ondeaban banderas de un lado y del otro contrario, cada uno defendiendo su punto, pero sólo de un lado estaban las armas, sólo de un lado caían los muertos.

No sólo eran asesinadas en las calles, también lo eran en los hospitales, clínicas, y ambulatorios, por falta de medicamentos y de médicos. Moría gente en sus casas, hasta el oxígeno medicinal era racionado. Se hacían largas filas con la esperanza de poder comprar comida, solo para que la gente se dispersaran luego al saber que lo que vendían se había agotado.

Las personas tenían que tomar turnos para hacer las compras, las cuales estaban limitadas. Comúnmente se escuchaba: “Ya hoy compraste, no te toca sino la semana que viene”. Ya no había pan en las panaderías, ni carne en las carnicerías.  Y no faltaba coraje, no faltaba empeño por parte de unos cuantos, pero sobraba apatía y resignación por parte de muchos, quizá la mayoría.

Y allí estaban, en la funeraria, frente a otra víctima más de la dictadura. Josefina había protestado, había marchado y gritado, nunca fue violenta, nunca lanzó una piedra, irónicamente murió siendo una víctima colateral de toda esa época absurda que algunos habían elegido vivir.

Los médicos dijeron que la causa de muerte fue estrés. Si, la gente muere de eso. Como muchas más sufrían, así como Venezuela, sentían su mismo dolor, la misma desesperación, el miedo, la ansiedad. Josefina tenía tan solo 32  años, le faltaba mucho por vivir, así como a Neomar, o Basil, y muchos más héroes de esa tierra, que lo dieron todo para cambiar lo que sus antepasados recientes les habían heredado. 

Ella era la hermana de uno de los mejores amigos de Carlos. Había pensado en emigrar en un futuro cercano, así como muchos, para ganarle al destino e inyectarse esperanza. Sabía que existía todo un mundo por conocer allá afuera, lejos de la violencia y la precariedad estatal. El tiempo le jugó una de las malas, terminó emigrando, pero a otro lugar, a uno probablemente más hermoso, del que no se regresa.

Carlos fue con Alexandra a dar el último adiós a Josefina. La funeraria era la misma donde habían velado hacía poco menos de un año a la abuelita Hilda. Así la llamaban, aunque realmente era la bisabuela de Alexandra, la verdadera abuela suya era María, la que había nacido con la “placenta en la cabeza”.

La funeraria estaba llena, todos las salas ocupadas, como sucede en un país donde mueren 100 personas a la semana. No se quedaron mucho tiempo con la familia, poco mas de una hora. Los procesos funerarios ya no eran de 3 días como antes, habían muchos clientes en lista de espera, por lo que unas horas por fallecido en la sala era más que suficiente para mantener la demanda.

Carlos hablaba con la familia de Josefina, Alexandra se encontraba a su lado, tratando de interrumpirlo, sin éxito. Del otro lado del salón donde se encontraban había un pasillo que al atravesarlo se encontraba de frente otro salón. Era donde habían velado a la bisabuela. 

Alexandra estaba mirando el pasillo, sentada, aburrida, junto a muchos adultos desconocidos. Desde allí veía gente, y más gente, personas que llevaban café, algunos llevando graciosos círculos de flores gigantes, y otros con maletas como los que usan los que van al aeropuerto.

De pronto, la niña encontró entre la multitud una cara familiar, su ropa de colores contrastaba con los trajes oscuros del resto, tenía puesta una bata azul con figuras que parecían mariposas a la distancia. Era su bisabuela, sin lugar a dudas. Se encontraba de brazos con otra persona, una mujer que parecía estar cuidándola.

Para su corta edad ella pudo entender que eso que veía era extraño. La bisabuela, a quien quería tanto, se había ido al cielo, así se lo habían explicado sus padres. Ella la había visto dormida en la caja de madera, en ese mismo edificio, un tiempo atrás.

Alexandra siguió con la mirada la escena, vio que caminaron hacia una de las esquinas del edificio, parecía que iban a atravesar la pared, pero justo en ese momento un río de gente se atravesó entre ella y la visión de la bisabuela. Cuando el río de gente pasó, ya no había nadie. Bajó de su asiento y fue a contarle a su papá, trató de interrumpir su conversación, pero no pudo. 

Hay personas que tienen dones desde su nacimiento. Puede ser considerado una bendición o una maldición, dependiendo de lo que se haga con él, y de como les haga sentir. Los padres de Alexandra se dieron cuenta que ella también lo tenía. 

No era la primera vez que esto sucedía en su árbol genealógico, ni tampoco fue la última vez para la niña.

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