El cuento de la Abuela es una historia real que mi madre contaba en la intimidad de la familia.

En nuestra cultura es común escuchar narraciones sobrenaturales a las que nadie tiene explicación de su razón, son cuentos sin un final. Basta que narre un par de estas historias en alguna reunión para que comiencen a salir otras experiencias inexplicables en casi todas las personas que me escuchan.

Hay algo de cierto en los cuentos de los viejos, algunos de estos mitos ya no tienen validez, pero hay otros que todavía no tienen respuesta.

Les invito a conocer esta historia y las otras que he escrito en la serie.

Gracias.

***

1958

En un pueblito de los llanos venezolanos, nació María.

Había venido al mundo con la placenta en la cabeza, señal de que el recién nacido tendría ciertas «capacidades especiales», un Don, en su vida, según decían los viejos.

Hilda, su madre, una inmigrante de la isla de Trinidad y Tobago –que no hablaba castellano– tuvo un parto relativamente normal, pero había tenido que viajar velozmente junto a su esposo al pueblo vecino para poder dar a luz en un hospital, uno decente.

Luego de todo un día de labor, una de las enfermeras se acercó a Hilda, que tenía en sus brazos a su primogénita, y le dijo mirándola a los ojos con una mezcla entre ternura y preocupación:

Tu hija es especial, nació con la placenta en la cabeza—.

La madre no entendió nada, era de Trinidad y Tobago, allí solo se hablaba inglés o patuá (una mezcla de inglés, francés y español que se hablaba al sur de la isla), así que llamó a su esposo para que le tradujera.

Él trató de tranquilizarla: —Son cosas de viejos —.

Ante la insistencia para saber qué era aquello tan importante que le había dicho la enfermera, él no tuvo más remedio que decirle que María, la niña, había nacido con la placenta en la cabeza.

Los viejos dicen que los que nacen así, es porque vienen con dones especiales—.

—¿Y qué dones son esos? —respondió ella, preocupada.

No lo sé, solo el tiempo lo dirá—.

Años después María recordaría y contaría todas las veces que había presenciado el “don”. La piel se le ponía de gallina cada vez que lo hacía.

Cuando tenía 5 años vivía en su casa con su madre, eran muy pobres, pero sus padres eran muy trabajadores, Hilda, entre otras cosas lavaba la ropa a los vecinos a cambio de unas monedas, y así poder ayudar con los gastos del hogar.

Vivían en una casa con piso de tierra, paredes y techo del material que se encontrara.

No era lo que Hilda había soñado de Venezuela, muchas historias oídas por ella en su juventud daban de ese otro país supuestamente rico, que tenía petróleo, oro y minerales que brotaban «por todos lados», mucha comida, y mucho trabajo.

Se había imaginado que todos en ese país eran ricos, que todo era progreso y modernidad.

Nada de eso ella había visto todavía.

La segunda revelación fue que no todos los habitantes eran rubios, “catires”, como se les dice en ese país. Nada más lejos de la realidad. La gente era “normal”.

Una noche el padre de María, el esposo de Hilda, había salido a trabajar. La niña se encontraba sola con su madre en casa, se habían quedado dormidas abrazadas en la cama, con la lámpara de vela encendida. A ninguna le gustaba la oscuridad.

Esperaban que en cualquier momento llegara papá del trabajo, probablemente lo haría con un pan bajo el brazo, de los que compraba en el camino a casa al «musiú”, así era como llamaban a los portugueses inmigrantes recién llegados al país en aquellos días, famosos por sus panaderías.

María despertó en medio de la noche y notó que la vela estaba por apagarse. No quería despertar a su madre, agotada por lavar ropa todo el día. Pensó en buscar otra vela para encenderla y evitar la oscuridad. No sabía cómo lo haría, nunca había encendido una, pero había visto a su madre hacerlo.

Todavía somnolienta, al borde de la cama, vio una figura humana en la habitación. Se sorprendió, pero no se asustó, la figura era una mujer vestida de blanco. La mujer le era familiar y le causó interés, pero le dio más curiosidad saber como hacía para flotar en el aire, y sin zapatos.

Al verle el rostro se dio cuenta que era la abuela, ella vivía muy lejos de allí, en Trinidad, y nunca la había conocido en persona, pero si la había visto en fotos que le mostraba su madre, de esas que llegaban dentro de un sobre, y que un hombre traía de vez en cuando a la puerta de la casa.

La abuela se encontraba hermosamente vestida de blanco, parecía que una brisa le movía el vestido suavemente, pero María, extrañamente, no la sentía.

El rostro de la viejita tenía una expresión de enorme felicidad, se tomaba las manos y las extendía en una expresión de querer abrazarla. María quiso corresponderla y se bajó de golpe de la cama. Su madre se despertó con el movimiento.

—¿A dónde vas?—.

Ella le respondió, muy contenta: —¡La abuela está aquí, y está flotando en el aire!—.

La niña corrió a la base de la cama y se quedó fijamente mirando hacia arriba, a la nada. Hilda no entendía lo que pasaba, se asustó.

Cuando papá llegó del trabajo encontró a las dos rezando el rosario animadamente, de rodillas frente a una vela. Ya la abuela se había ido.

A eso de las 2:00 de la tarde del día siguiente llegó el cartero, esta vez con un telegrama. El mensaje decía: “Tu madre murió a medianoche, en Trinidad. Murió feliz.”

Años después María seguiría recordando aquella primera vez que el don se manifestó. Cada vez que alguien querido fallecía, o estaba por fallecer, una sombra la visitaba a ella primero.

Con el tiempo entendió que cada sombra era una despedida.

Siempre recordaría la última vez que tuvo el don. Más de 40 años después de la primera vez, decretó y exigió con mucha furia a Dios para que se lo quitara.

Y así sucedió, nunca más lo tuvo, nunca más vio cosas.

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