La historia de El Viejo es común que sea contada en reuniones familiares, al igual que el resto de los cuentos reales.

Le sucedió a una persona conocida en su juventud, pero el twist del final se lo hemos dado algunos en casa. Luego de que leas este mini cuento te hago una pregunta:

¿Que harías si te pasara a ti?

***

1987

¡Me van a matar!

Se dijo Félix al caminar por la carretera que daba a su casa. Era de madrugada, la niebla llegaba a tocar sutilmente las luminarias de la calle creando un ambiente espantoso de luces y sombras.

Se decía a sí mismo que sus padres lo iban a matar por irse de serenatas sin permiso. Ya era costumbre para él ir de fiesta en fiesta, llevar canciones a las muchachas del pueblo o quedarse en alguna esquina tomando con amigos. Solo tenía 16 años.

Aquellas montañas andinas guardaban muchos secretos, los cuentos de los viejos siempre hablaban de todas las cosas de las cuales había que cuidarse.

Se tenía que ser precavido con los momoyes que aparecían cerca del agua, de las cosas raras que les sucedían a los caballos, también de las temibles brujas, bien conocidas en la región e identificadas por los vecinos como aquellas que temían a los arcoiris, arañaban los techos de las casas en las noches, sonaban cadenas alrededor de las casas, entretejian el maíz y las colas de los caballos, cosas que nunca fueron verificadas.

Esas son las cosas de las cuales te recuerdas precisamente a las 3:00 a.m. cuando caminas solo por una carretera con neblina y sin un alma que te acompañe.

Bueno, sí, tal vez una, tal vez una solitaria alma.

A tan solo dos luminarias de llegar a su casa se encontraba debajo del farol una figura. Precisamente Félix debía pasar en frente de ella. Pensó en cómo evitar pasar frente a la sombra, tal vez cruzando la calle… pero eso demostraría que realmente estaba muy asustado.

La persona no parecía conocida, al menos no a ninguna de las que por allí vivía. Estaba sentado, con la cabeza entre las rodillas, con aspecto de anciano, vestía ropas viejas, un manto en los hombros, y un sombrero con orificios, por lo que pensó que sería un anciano pobre.

Como el viejo no lo había visto, trató de apurar el paso para atravesar aquella situación incómoda.

Si el viejo lo miraba tendría que saludarlo, tal como era costumbre en aquella época y lugar. ¿Y si era un espanto? Una vez más le vinieron a la cabeza todas las posibilidades terroríficas, todos los cuentos te terror que en casa contaban en reuniones familiares y de amigos.

Adiós… –dijo el viejo.

Felix respondió con un saludo rápido y cortante. 

Hijo, ¿tienes fuego?

El muchacho se detuvo, al menos no era un espanto, ellos no fuman.

Sí, señor, sí tengo –respondió el muchacho temblando.

¿Y de donde vienes? –preguntó el viejo.

De aquí cerca, señor, estaba con unos amigos llevando una serenata.

Félix trató de no generar mucha conversación, mientras más rápido llegara a su casa, menos problemas iba a tener. Dió fuego al viejo, tuvo la oportunidad de ver su rostro en la oscuridad cuando le encendía el tabaco.

El viejo tenía la cara muy arrugada, no tenía cabello visible debajo del sombrero. Algo familiar había en su rostro, como si lo conociera de algún lado, pero no se animó a preguntar.

¿Y qué tocas? 

Perdido en su apuro y sus pensamientos, el joven no entendió la pregunta, el viejo la repitió:

Dijiste que venías de dar una serenata… ¿Cuál instrumento tocas?

El Cuatro, señor, y también canto…

El viejo suspiró un instante, luego comenzó a contar historias de su juventud, habló de que también le gustaban las fiestas, las mujeres y las peleas.

Enumeró muchas experiencias que había tenido, las historias no se acababan, tampoco el puro que tenía encendido en la mano.

Contó que cuando joven había cometido mil estupideces, dañando a unos cuantos que no debió, y roto muchos corazones que no debió. Lo decía con un toque de remordimiento y nostalgia.

Félix estaba resignado al regaño que le iba a dar Ramón, su padre, por llegar tan tarde y haber salido sin permiso.

Luego, de repente, el viejo dejó de hablar.

Félix vió la oportunidad para escapar, las historias eran muy interesantes, pero ya habían pasado al menos dos horas, lo sabía por que ya las nalgas le dolían por estar sentado en el cemento de la acera por tanto tiempo.

Sin embargo la niebla no se había despejado. Desde allí podía ver que en su casa las luces estaban apagadas.

Eres un buen muchacho –dijo el viejo– tienes un gran corazón, pero debes ver bien lo que estás haciendo con tu vida. Tus padres quieren lo mejor para ti, y si sientes que te abandonan a veces, es porque deben trabajar para poder darte lo que tú y tus hermanas necesitan. No los culpes.

El viejo hablaba de la misma forma como hacen los sabios y conocedores de cosas, pero con una particular familiaridad, pareciera que fuese su abuelo o algún antepasado que lo conocía muy bien, eso quizás explicaría el parecido físico que tenía.

Vas a salir adelante, pero primero debes corregir tu vida, enfocarte en lo que es importante, alejarte de lo que le hace mal a ti, a tu alma, y a tu familia.

Ante lo reveladora que se estaba tornando la conversación, el joven se despidió rápidamente, dio las gracias, y corrió a casa. Antes de llegar volteó, y vio como el viejo desaparecía poco a poco, como si un manto de invisibilidad cayera sobre él.

Abrió rápidamente la puerta, en silencio y sin cambiarse la ropa se metió en su cama. Ni sus padres ni nadie se  dieron cuenta de que él había llegado. Vio la hora, eran las 3:03 a.m.

La conversación que había parecido durar horas, realmente sucedió en 3 minutos.

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